Madres querían alejarlos del peligro sin imaginar tragedia
Ana Luisa Rivera lamenta profundamente haber metido a su hijo en presidio para ayudarlo a cambiar. Hoy llora su muerte.
COMPARTIR Sucesos 19 febrero 2012 09:35pm

No hay amor más grande que el de una madre por sus hijos, se suele decir, y precisamente ese amor por ellos les da valor para tomar decisiones difíciles si consideran que así pueden ayudarlos a encontrar su bienestar y alejarlos del peligro.

Para las mamás de esta historia, los hombres que perdieron la vida en el incendio del pasado martes en la granja penal de Comayagua seguían siendo sus niños, a los que necesitaban darles un castigo para corregir sus actitudes.

Reyna Guadalupe Zelaya, progenitora de Marvin Rolando Zelaya, que murió en el siniestro, reveló que tenían a su hijo en prisión para que reflexionara sobre su actos.

“Mi hijo estaba ahí por violencia doméstica. Cuando él tomaba empezaba a hacer relajo y entonces tomé la decisión de meterlo ahí. Solo lo íbamos a tener dos meses en el presidio para que dejara de tomar. Era como una lección. Tenía un mes de estar ahí y ya estábamos por empezar los trámites para sacarlo”.

Doña Reyna jamás imaginó que en aquel lugar su hijo iba a perder la vida y ahora se aferra a los recuerdos de los buenos momentos.

“Pasamos la Navidad con él en familia. Me acuerdo de que Marvin hasta dijo: ‘Tómenme fotos por si me muero este año’”, recordó con tristeza, mientras veía con su familia el video de la fiesta de fin de año. Como si supieran que sería la última, lo filmaron a él más que a nadie.

La señora está indignada por lo sucedido y exige que las autoridades den respuesta. “Pido que me manden el cuerpo de mi hijo y hagan justicia. Me duele tanto ver cómo murió toda esa gente quemada”.

La última lección

A pocas cuadras de la casa de doña Reina vive Ana Luisa Rivera, madre de Hugo Banegas Rivera, también fallecido en el siniestro. Ambas estuvieron juntas en Tegucigalpa haciéndose pruebas de ADN y comparten el dolor en casi idénticas circunstancias.

Las dos esperaban ver a sus hijos lejos del peligro y ahora tienen que resignarse a no volver a verlos nunca.

Ana Luisa dijo que trataba de darle una lección. “Solo tenía dos meses de estar ahí, pero no estaba por algo grave, sino porque a veces había problemas en la casa porque era muy enojado. Digamos que estaba castigado”.

Casi susurrando, la devastada señora contó cómo su hijo terminó preso: “En Navidad hicimos comida en casa y como vivía a la par vino a pedir que le diéramos. Le dije a mi hija que le sirviera. Él se fue a dar una vuelta y pusimos la comida en una silla y eso no le gustaba. Cuando vino se la dimos, pero él la había visto en la silla y dijo que nos la iba a tirar. No le creí, salí y le pregunté tranquila: ‘¿Qué te pasa, hijo?’. Cuando acordé miré venir el plato y me lo pegó en la cabeza. Creo que fue sin querer”.

En ese justo momento una patrulla de la Policía estaba en la esquina y vieron el alboroto. “Lo agarraron y me preguntaron: ‘Señora, ¿qué es ese muchacho de usted?’. Y les dije que era mi hijo. Entonces le dijeron: ‘Ah no, muchacho, caminá, a tu mamá tenés que respetarla’, y se lo llevaron preso, pero él no era delincuente”.

Ana Luisa recuerda con pesar que ya creían que había tenido suficiente escarmiento y estaban por pedir que lo dejaran libre.

“Lo había visto la semana antes del incendio y le dije: ‘Ya te voy a sacar, hijo, pero ¿te vas a portar bien?’. Y me respondió: ‘Sí, mami, ya me voy a portar bien’. Así le dicen los hijos a uno y uno que los quiere siempre les cree”.

La madre de Hugo habló del momento en que supo de la muerte. “Yo me di cuenta del incendio por una amiga que me llamó a las once de la noche. Luego estuvimos pendientes, pero no había noticias sobre mi hijo hasta que leyeron el nombre de él entre las personas que murieron Fue un golpe horrible”.

Cosas de hermanos

Adrián Bonilla Morales, 64, lamenta haber perdido a dos hermanos en el incendio y también estaban presos por una decisión familiar para que se alejaran del mal camino.

Francisco Saravia y José Santos Saravia Maldonado eran sus hermanos, aunque su madre los reconoció con distintos apellidos.

“Ellos eran bolitos. Andaban recogiendo botes para comprar aguardiente. Lo único es que andaban haciendo relajo a veces y molestaban mucho en la casa y los vecinos se quejaban”, aseguró el humilde señor. Francisco llevaba una semana en la cárcel y José, cuatro meses.

“Ellos hacían relajo en el barrio por andar de bolitos, pero no eran ni asesinos ni ladrones ni nada de eso. Un día, Francisco llegó gritando a la casa de una de las hermanas de nosotros a pedir comida, yo estaba ahí y le decíamos: ‘Pucha, hombre, dejá de molestar’, y él seguía. Entonces le dije: ‘¿Cómo hacés para beber? ¿Tenés dinero y para comer no? Nadie te va a mantener’. Entonces agarró unas piedras y empezó a tirarlas a la puerta y al techo de la casa, la hermana salió y se trompearon. Al día siguiente que vine de trabajar me dijeron que la Policía se lo había llevado al presidio. Pensé que ya iba a descansar la hermana y él, como mi otro hermano, y refugiarse del peligro de que los puedan matar en la calle, sin imaginar que podía pasar esta desgracia”.

Adrián considera que el Gobierno es responsable por lo sucedido. “Ese incendio fue provocado. Eso hasta el más tonto de la tierra lo sabe. Uno mete a sus familiares porque confía en las autoridades para tenerlos ahí y que no se metan en problemas. No va a dejar un familiar ahí para que se lo maten”.

Adrián va a enterrar a su hermano junto a otro que está sepultado en el cementerio desde 2003, que murió atropellado, y tendrá que enterrar al otro en un lote separado porque ya casi no hay espacio en el cementerio general de Comayagua.
“Que paguen los que tengan que pagar, que esto no se quede así, como les gusta hacer en Honduras que nunca resuelven nada”.

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