Fueron tras una quimera. Dejaron todo atrás. Tomaron rumbo hacia el norte con la esperanza de cristalizar los sueños que cobijaban en su mente desde hacía años.
Ver especial: La Ruta del Desierto
Anhelaban alcanzar “el sueño americano”, pero finalmente ese sueño se transformó en pesadilla. Abruptamente un monstruo de metal que corría por los rieles de México se encargó de mutilar sus ilusiones, sus cuerpos y sus sueños.
La “bestia de acero” no solo marcó sus cuerpos, les arrebató sus sueños y truncó su vidas.
Migrantes progreseños que atravesaron por esta pesadilla y que salvaron sus vidas milagrosamente, cuentan sus historias e incentivan a los jóvenes que buscan un futuro en otra tierra a quedarse en Honduras.
“Después de todo son millonarios, tienen dos brazos, dos piernas, y están sanos; qué más se puede pedir”, exclamó José Luis Hernández, a quien el tren le mutiló su brazo y pierna derechos y parte de la mano izquierda.
Pese al dolor por perder sus miembros, son afortunados por no por no ser parte de la lista de los casi 300 hondureños que el año pasado murieron en el extranjero al emigrar.
Obligado por su realidad
Antes de que José Luis le viera la cara a la muerte, en su colonia - Primavera de El Progreso- circulaba la noticia de que Mario, un vecino que se había ido, mucho antes, ya había conseguido trabajo en “los Estados’’ y estaba ganando mucho dinero.
Él con 18 años regresaba a diario a su casa sin un cinco en la bolsa al final de cada jornada, se sentía derrotado, sin poder hallar trabajo.
La idea de seguir los pasos de Mario retumbaban en su mente. Sabía de los peligros y los riesgos de irse mojado. Total, en Honduras cada año emigran 100,000 personas, de las que el 79% son jóvenes en edades entre los 18 y 32 años, según el Foro Nacional para las Migraciones en Honduras, Fonamih.
Aún así, aquellos comentarios que hablaban de la abundancia en tierras del norte, sumados a la desesperación por la falta de trabajo, fueron determinantes. No había más que pensar.
Cuenta que todas las noches daba vueltas en su cama sin poder dormir, imaginándose cómo sería su nueva vida en Estados Unidos, y repasando los pasos a seguir en aquel viaje, una y mil veces en su mente. Por más de que ya lo había pensado, las advertencias de su madre sembraron un poco de temor e incertidumbre. “Después de todo no tengo mucho que perder, soy joven y no tengo esposa e hijos”, se convencía... Ya había hablado con un amigo que compartía las mismas ideas, si viajaban juntos el viaje iba a ser más liviano y menos peligroso. Sus padres se oponían rotundamente, “hijo, es una locura”, le decía su mamá; pero sin mediar muchas palabras, José Luis partió tras una ilusión justo un día después del Día de la Madre.
No llevaba mucho equipaje, solo una mochila con la ropa necesaria para sobrellevar el largo viaje.
Pesaban más lo sueños que cargaba que la ropa mal doblada que había guardado en aquella mochila. Se despidió de sus padres consolándolos de que todo iba a salir bien, sabía cuáles precauciones debía tomar en ese viaje; confiaba en sí mismo. Le dio a su madre un beso en la frente y un abrazo interminable.
Dicen que las madres tienen un sexto sentido, tal vez por eso le había advertido tantas veces que no se fuera.
Caí sobre la vía...
Decisión tomada y mochila al hombro, José Luis se aventuró en brazos del destino. El sol de aquella calurosa mañana de mayo de 2004 parecía abrazarlo, como despidiéndolo de su tierra. Sentado en una silla de plástico, José Luis Hernández hurgaba entre sus recuerdos intentando recordar los detalles que le hubiese gustado sepultar para siempre.
“Decidí irme sin importarme el dolor de mi familia, me aventuré con un amigo que compartía las mismas ideas. Salimos en bus hasta ciudad Hidalgo, en la frontera de Guatemala con México. Ya estando en Hidalgo seguimos el recorrido por México en tren. Estábamos entrando a Las Delicias, en Chihuahua, cuando me estaba quitando los zapatos, no aguantaba mis pies.
Los tenía hinchados de tanto caminar, venía soportando hambre y estaba cansado. Me había sentado en las gradas en las que se acoplanlos vagones para descansar, había calculado tantas veces la forma de agarrar el tren, había tomado todas las precauciones, pero no sabía que me iba a desmayar.
En ese instante caí sobre la vía. El tren me cortó una pierna, en ese instante de dolor, sin darme cuenta, metí también el brazo y me lo mutiló por completo, junto con una parte de la otra mano. Lo único que quise fue morirme. Todo ocurrió el 13 de junio de 2004, un día que jamás olvidaré”.
José Luis estuvo un año y medio recuperándose en un hospital de México. Un empleado ferroviario que estaba dando mantenimiento a las vías lo socorrió. Se sorprendió ante tal escena y llamó inmediatamente a la Cruz Roja.
El amigo de José Luis lo comenzó a buscar por todo el tren, cuando vio sangre en los rieles pensó lo peor y se entregó a la Policía migratoria en Juárez. Hoy todo cambió, si antes era difícil conseguir trabajo, hoy lo es mucho más.
Cada día es una nueva batalla y hay muchos enemigos a vencer. José tiene el don del canto, lo cual le ayuda a subsistir, acude a iglesias donde canta y le dan ofrendas.
‘‘Quería lo mejor para mi hija’’
“El tren me amputó las dos piernas, viví una experiencia que no se la deseo a nadie”, comenzaba a relatar José Jeremías Gámes, otro hondureño que sobrevivió a la “bestia de acero” y uno de los 26 que viven en El Progreso y que se han organizado para sobrellevar sus penas y salir adelante.
Buscando mejores perspectivas para su esposa y su pequeña hija de un año y medio, José Jeremías emprendió el viaje con igual suerte que José Luis, progreseño como él.
“Un amigo me motivó y me aconsejó viajar. Cuando llegamos a Veracruz e intenté agarrarme de otro tren me deslicé y caí debajo de él. Cuando me fui a levantar no tenía la pierna derecha y el pie izquierdo lo tenía destrozado, era de tarde y hacía calor... A los 10 minutos llegó la ambulancia a socorrerme y ahora estoy aquí, mutilado pero con fe de que saldré adelante”, confiesa.
Aun y con su dolor latente, los migrantes hondureños mutilados por la “devoradora de sueños”, aseguraron que no se dan fácilmente por vencidos. Ahora motivan a otros para que no emigren y se queden a construir el sueño hondureño.
Jóvenes mutilados conforman comité de migrantes discapacitados
El Comité de Familiares Migrantes de Progreso, Cofamipro, surgió como una iniciativa para dar respuesta a miles de interrogantes de familiares que perdieron contacto con sus seres queridos, quienes partieron hacia Estados Unidos, en busca de un futuro mejor.
Este comité está formado principalmente por mujeres, quienes viven con la incertidumbre de no conocer el destino de sus familiares.
Es por eso que la misión principal de este comité es el de buscar a sus desaparecidos en la ruta migratoria.
Rosa Nelly Santos, coordinadora de Cofamipro, indicó que mientras bregaban por la aparición de sus hijos y familiares vieron la necesidad de aquellos que retornaban deportados y con alguna discapacidad. Es por esto que ahora trabajan en conjunto con el Comité del Migrante Retornado Discapacitado, Comiredis. “Quisimos que estos jóvenes se conocieran y dialogaran porque no es fácil para alguien que retorna con alguna discapacidad.
Generalmente cuando llegan no quieren salir de sus casas, piensan que sólo a ellos les tocó vivir esa experiencia; pero son muchísimos los que pasan por este tipo de percances”, aseveró Santos.
Los migrantes que retornaron en estas condiciones se reúnen para socializar y planificar actividades, darse ánimo y compartir vivencias. Santos manifiesta que no es fácil atravesar por esta situación: “El sistema de gobierno de nuestro país los obliga a quererse ir, y no es fácil, son pocos los que llegan a destino, nosotros los acompañamos, lloramos junto a ellos, cuando hay un hijo que tiene hambre y no hay comida para darle. La mayoría de ellos son padres de familia, con hijos en el colegio y no tienen un trabajo que los respalde para sostener sus hogares”, manifestó.
Rosa Nelly Santos llegó a la organización por un sobrino desaparecido y al ver tantas familias atravesando por la misma situación, sumada a la de aquellos que retornan lisiados, se vio motivada a participar voluntariamente para ayudar a otros.